Las palabras vuelan, los escritos permanecen

Federico Mayor Zaragoza

Resumen


Recuerdo las primeras lecturas en el colegio “Virtelia” –traducción obligada al castellano de “Blanquerna”- que me permitieron descifrar aquellos signos mágicos que, en todas las lenguas, convertían en voces y expresiones, en palabras, los sentimientos, pensamientos, imaginaciones.

En 1940, cuando tenía seis años, hablábamos en casa el catalán, en la rica variante tortosina, del bajo Ebro. En la escuela, sólo en los momentos de clase, el castellano. Pronto se añadió el francés. La “mademoseille” nos mostraba ágilmente las similitudes y diferencias entre las tres lenguas de raíces latinas. Se escribía de una manera y se pronunciaba de otra. En 1946, empecé a estudiar el inglés en el “British Council”, de Barcelona. Entonces comprendí la extraordinaria importancia de aprender muchas lenguas lo antes posible. Los niños incorporan palabras como respiran. Luego, más tarde, el aprendizaje es ya comparativo y más difícil.


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DOI: http://dx.doi.org/10.15645/Alabe.2011.4.9